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Haciendo trampa en la elaboración de trabajos escolares: una perspectiva internacional

Al igual que muchos lectores me quedé sorprendido al leer el artículo publicado recientemente en el periódico The Chronicle of Higher Education, sobre el tema de los estudiantes, aparentemente muchos de ellos estudiantes internacionales, que pagan para que proveedores externos elaboren sus trabajos académicos. Lo que más me llamó la atención fue el nivel de sofisticación de esta actividad y, por supuesto, la actitud cínica con la que describe este negocio el anónimo autor del artículo, el cual se autodenomina como el “académico fantasma”. ¿Será cierto que hay toda una industria que se ha creado en torno al tema de escribir trabajos escolares universitarios?. Parece ser que es así. Lo cierto es que, aun cuando no nos guste reconocerlo, la confesión del “académico fantasma” es una oportunidad para propiciar una discusión seria y un análisis sobre este problema real de la educación superior.

Es claro que el lamentable fenómeno de hacer trampa con la elaboración de trabajos académicos por terceras personas resulta de una combinación de factores que incluye, entre otras cosas, una pobre ética tanto de los estudiantes que acuden a esta forma de hacer trampa como de quienes se prestan a escribir sus trabajos académicos mediante un pago, la incapacidad o desinterés de los profesores para verificar la autenticidad y autoría del trabajo remitido por sus estudiantes, el incremento inducido de número de estudiantes por salón de clases por parte de las autoridades educativas que dificulta a los profesores dar un seguimiento más individualizado del desempeño de sus estudiantes y, además, el surgimiento de la tecnología como facilitador de comunicaciones instantáneas y transferencia de información desde cualquier lugar y en cualquier momento.    

                                                                 
¿Este es un problema que solamente se presenta en los Estados Unidos?. Desafortunadamente este es un problema que agobia a la mayoría de los países. Servicios como el descrito por el “académico fantasma” se encuentran disponibles en muchos países, en varios idiomas y con diferentes tarifas. Una simple búsqueda en Google produce cientos de sitios que ofrecen este tipo de servicios. En mis visitas a universidades en diferentes países frecuentemente encuentro información –algunas veces inclusive en los mismos periódicos universitarios- acerca de compañías o personas que ofrecen una gama de servicios a los que pomposamente se denomina como tutoría académica, coaching de redacción, perfeccionamiento de textos o, más directamente, escritura de trabajos académicos e inclusive de tesis. Los Estados Unidos no son la excepción.

¿Este es un problema que tenderá a desaparecer?. Me parece que es muy poco probable, dado que, en estos casos, se cumplen los elementos de lo que suele aprende un estudiante de Economía Básica: en tanto que haya profesores que requieran la elaboración de trabajos académicos escritos, habrá algunos estudiantes que estén dispuestos a pagar para que alguien los escriba por ellos, especialmente sabiendo que la verificación de su autoría es muy difícil. Bajo tales condiciones, necesariamente surgirán oferentes dispuestos a lucrar con este tipo de servicio. Al final de cuentas, en el actual entorno de la educación superior, quienes hacen trampa saben que ésta práctica es factible y que en la gran mayoría de los casos a nadie se castiga.

Este problema se ha agudizado por el hecho de que el número promedio de estudiantes por salón de clase ha estado incrementando paulatinamente tanto en los Estados Unidos como en la mayoría de los países, además de que se ha dado una proliferación de cursos que ahora se ofrecen a distancia. Evidentemente, entre más grande sea el salón de clases, más se reduce la posibilidad de que haya una mayor interacción y supervisión entre el profesor y sus alumnos. Recuerdo que cuando daba clases en la Universidad Nacional Autónoma de México, hace ya varios años, me resultaba prácticamente imposible evaluar el aprendizaje de mis cerca de 300 estudiantes por la vía de trabajos académicos o ensayos por lo que tenía que ingeniármelas para medir su aprendizaje por otras vías. Recientemente, en una visita a la Universidad de Alejandría en Egipto me sorprendí de ver que el tamaño promedio de un salón de clases es de 1,500 estudiantes (¡Sí, 1,500!). Cuando pregunté a los profesores cómo era posible evaluar el aprendizaje de sus estudiantes ellos solamente sonreían. Con su silencio la respuesta no podía ser más obvia.

¿Hay algo que se pueda hacer pare reducir este problema?. Sí. Las instituciones de educación superior deben atender este problema con la seriedad que merece. Para empezar, debe aportarse información exhaustiva y suficiente asesoría a los estudiantes de nuevo ingreso que les permita conocer con precisión y sin excusa qué cosas son aceptables en el entorno académico y cuáles no. Algunas instituciones, como es el caso de American University en Washington, D.C. han establecido un curso obligatorio para los alumnos de nuevo ingreso dedicado exclusivamente a revisar el tema de “Integridad Académica y Redacción de Trabajos Académicos” en el que no solamente se guía a los estudiantes en cuanto al mejoramiento de su capacidad de redacción, sino también se abunda en la discusión sobre el significado de la integridad académica y sobre la prevención de actividades poco éticas en la producción académica. Este tema es especialmente importante en el caso de los estudiantes internacionales especialmente si se toma en consideración que los límites y significados de tales términos son diferentes en otros contextos culturales.

Por otra parte, no hay duda que en el salón de clases es mucho lo que pueden y deben hacer los profesores. Como me comentaba un colega con amplia experiencia en enseñanza, una manera simple de corroborar la autenticidad del trabajo escrito de los estudiantes consiste en pedirles sin previo aviso que escriban un resumen escrito improvisado sobre el trabajo académico que acaban de entregar. Otra técnica consiste en requerir que los estudiantes hagan una presentación oral improvisada o agregar alguna pregunta sobre el trabajo específico del estudiante en alguna prueba escrita. En otras palabras, no hay duda que al haber una mayor dedicación y atención de los profesores hacia los alumnos este problema podría reducirse. Desafortunadamente, los profesores no siempre tienen más tiempo disponible o no tienen el deseo de dedicarles más tiempo a sus clases y a sus estudiantes, especialmente cuando existen presiones e incentivos para una mayor productividad en otras áreas como la investigación.

Otra forma de reducir la tentación de los estudiantes de buscar ayuda externa para la elaboración de sus trabajos académicos consiste en establecer expectativas académicas más realistas y en conectar de manera más efectiva las tareas que se encargan a los estudiantes con los resultados esperados. Siendo honestos debemos reconocer que hay algunos profesores que usualmente asignan una carga académica tal a sus estudiantes que pudiera parecer que su curso fuese el único en el que estuviesen inscritos. Estos profesores suelen esperar que sus estudiantes lean y digieran montos excesivos de material que, al final de cuentas se sabe que no leerán o que, al menos, no lo harán con la profundidad deseada. Asumir que el estudiante producirá un trabajo final de calidad bien conectado con todos los materiales de lectura del curso que el estudiante no tuvo el tiempo o el interés de leer es simple y sencillamente poco realista. No estoy argumentando con ello que los profesores reduzcan el rigor académico de sus cursos, sino que algunos de ellos necesitan ser más realistas en cuanto a los resultados que pueden obtenerse de manera razonable. La cantidad no necesariamente equivale a calidad.

¿Tienden a hacer más trampa los estudiantes extranjeros?. El caso de los estudiantes extranjeros en Estados Unidos para los que el inglés es su segundo idioma ha merecido especial atención por parte del “académico fantasma”, el cual señala en su artículo que este tipo de estudiantes son de sus mejores clientes. Obviamente que al presentar a los estudiantes extranjeros como tramposos por naturaleza es una falta de respeto a la mayoría de estudiantes honestos y contribuye a reforzar estereotipos negativos sobre ellos. Me parece lógico que si las instituciones están aceptando estudiantes –tanto extranjeros como locales- con un dominio limitado del idioma de enseñanza, lo menos que podría esperarse es que la misma institución genere condiciones que permitan que esos estudiantes en cierto momento puedan llegar a alcanzar los estándares requeridos en cuanto a dominio del idioma de enseñanza. También se esperaría que la institución contara con los filtros adecuados que impidieran que se “colaran” estudiantes que aún no hayan alcanzado tales estándares. Las instituciones no pueden asumir el papel ambiguo de, por una parte, flexibilizar sus estándares de admisión en lo referente al dominio del idioma de enseñanza y, por otra, hacer poco o nada para remediar tales deficiencias en los estudiantes una vez que fueron admitidos. En otras palabras, se requiere más y mejor evaluación.

En los Estados Unidos, el nivel de dominio del inglés por parte de los estudiantes extranjeros suele medirse mediante el puntaje obtenido en la prueba conocida como TOEFL. Existen varios investigadores que han demostrado que el TOEFL solamente mide de manera parcial la fluidez en inglés. No creo que la solución consista en hacer más estricto el nivel de dominio de inglés como requisito de admisión. En mi opinión, el tema no es si el estudiante puede escribir correctamente en inglés (lo cual se puede resolver con cursos de nivelación o inclusive con una buena traducción), sino si el estudiante puede de manera efectiva buscar información, articular ideas de manera correcta y construir argumentos coherentes, inclusive en su propio idioma materno. No debemos olvidar que, al final de cuentas, el idioma no es más que un medio –importante sin lugar a duda- para la transmisión de conocimiento. Más que convertirse en un fin, el idioma es, en sí, un medio.

Al final de cuentas, si tiene cierto valor el artículo del “académico fantasma” es el de forzarnos a poner este tema sobre la mesa de la discusión. Me pregunto si estamos preparados en la educación superior para discutirlo y para actuar en consecuencia.

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